Echando la vista atrás…

por | Dic 27, 2022 | PERSONAL, Reseña | 0 Comentarios

Me gustaría cerrar este año en el blog echando la vista atrás. El 2022 ha sido importante para mí: a nivel laboral, como escritora y, también, a nivel personal, claro, porque todas estas cosas repercuten en cómo me siento.

En junio finalicé el Máster de especialización en la enseñanza de la Escritura Creativa. Una experiencia espectacular que me ha brindado a muchas personas bonitas y la oportunidad de poner en marcha mis talleres por distintos lugares. También, este año, recibí varias noticias que me hacían cumplir un sueño: dos de mis novelas se iban a publicar: El Hado Padrino y Cuando estemos muertos. Y, además, volvía a participar en una antología de cuentos infantiles.

Echando la vista atrás: 2022
Cuando estemos muertos, publicado por Malas Artes

Pero, de la misma forma, he recibido noes y rechazos editoriales.

Cuando comenzamos a escribir, publicar no debe ser nuestro objetivo o nuestra motivación, al menos no la primera. Por supuesto, es inevitable que cuando afrontamos la escritura de nuestra primera novela o cuento, deseemos que algún día vea la luz y que otros puedan leerla. Pero fijarse esa meta puede ser contraproducente y frustrante. Primero porque hay muchas posibilidades de que nunca se publique, y segundo porque no conseguirlo nos puede acarrear mucha inseguridad añadida a la que ya traemos de fábrica los escritores. Ponerse como meta terminar una novela ya es suficiente, y te aseguro que la satisfacción al poner el punto final no tiene precio. Luego ya se verá. Porque seguramente, tras esa primera vengan otras, y lo más probable es que te gusten más que la primera y que con cada una vaya creciendo y mejorando en tu escritura.

En una de las clases del máster, nos pidieron que hiciéramos un ejercicio de memoria sobre nuestros procesos de escritura, si en algún momento nos habíamos planteado dejarlo o si, por el contrario, habíamos tenido algún instante de sentir que habíamos nacido para eso. Lo que escribí hace ya un año, lo sigo suscribiendo hoy.

Si algo he asimilado en estos años de aprendizaje de la escritura, es a no moverme entre extremos. Las prisas son tan malas como la dejadez, y la frustración tan dañina como la exaltación. Esto lo dice alguien a quien le cuesta mucho mantenerse en un término medio y que pasa de la euforia al drama con una facilidad pasmosa. Sin embargo, por mi salud mental, como digo, estoy aprendiendo a caminar entre esas dos aguas.

Antes de empezar a formarme como escritora, cuando escribir era más un pasatiempo y no el hábito que se ha instalado hoy en mi vida, escribí un par obras de teatro infantiles, esto ya lo he contado más veces. Estas obras las convertíamos en sendas teatralizadas en mi pueblo. Un día, una de las personas que participaba en estos pequeños montajes me dijo: «Anaïs, no dejes nunca de escribir». Yo jamás me había planteado dejar de escribir, pero tampoco me había planteado dedicarme a ello, o escribir para publicar. Ese comentario me llevó a la reflexión. Y me hizo darme cuenta de que aquello con lo que más disfrutaba en la vida era escribiendo. Pero también me hizo darme cuenta de las pocas herramientas que tenía para llevar a cabo otros proyectos, como una novela. Así, hace unos años, comencé el camino que me ha traído hoy hasta aquí. Puedo concluir, entonces, que esa frase de aquella persona me hizo pensar que yo valía para esto. Y no sabe cuánto se lo agradezco.

Echando la vista atrás: 2022
Mirando El valle del desánimo

Desde entonces, he pasado por muchas fases. He esperado señales que me dijeran que sí que valía, que todo el esfuerzo merecía la pena, pero nunca llegaban. Supongo que porque esas señales para mí se traducían en publicar mis novelas. Y entonces me preguntaba si me estaba empeñando en algo para lo que realmente no tenía capacidad. Algo que me estaba costando esfuerzo, horas de sueño y tiempo que dedicarle a mi familia. Pero a pesar de esa frustración, nunca he dejado de escribir. Y me he ido embarcando en proyectos, uno tras otro, con ilusión y aun sabiendo que el camino es largo y difícil.

Ahora, con algunos años de formación y varias novelas y cuentos escritos (que no publicados), estoy en ese punto que comentaba al principio de no irme a los extremos. Porque he aprendido que no todos los proyectos tienen por qué ver la luz; porque tengo amigos escritores que me han contado su camino y sus emociones; porque el trabajo, el esfuerzo, los rechazos y las ilusiones son igual para todos los que escribimos. Porque todos, los que publican y los que no, nos hemos sentido agotados y nos hemos replanteado nuestro mundo.

Así que, si a pesar de todo sigo escribiendo y quiero hacer de la escritura y su enseñanza mi medio de vida, será que me va a acompañar para siempre.

Este año, como te decía al principio, al fin han visto la luz dos de esas novelas que te comentaba. ¿Y ahora qué? Pues ahora me toca seguir en este camino de incertidumbre, sin saber si volveré a publicar algo más o no, pero con la misma ilusión cada vez que me pongo a teclear un nuevo proyecto que, por supuesto, en ese momento es lo mejor que he escrito en mi vida.

Escribir es un trabajo solitario y complejo a nivel emocional. Cuando cojas un libro, sea o no de Literatura Infantil y Juvenil, piensa que alguien volcó lo mejor de sí mismo entre esas páginas con la ilusión de que tal vez sí, tal vez no, alguien como tú podría tenerlas ahora entre sus manos y estar sumergido en un viaje fascinante.

Se habla mucho del ego de los escritores, pero es un ego frágil y temeroso, que se pone en manos de que otros lo validen. Rosa Montero, en su ensayo Los peligros de estar cuerda, habla de cómo sus ataques de pánico, que sufría desde niña, se disiparon como por arte de magia cuando empezó a publicar. Cuando por fin se sintió validada en aquella profesión que había elegido. Porque la escritura, tanto si es profesión como si no, tira de ti, te arrastra, te eleva, te barre. Y cuando pones todo lo que tienes dentro en manos de otras personas, te sientes tremendamente vulnerable.

Echando la vista atrás: 2022
En el taller de escritura de Recetas terroríficas

Así que, echando la vista atrás, este año ha sido otro más de incalculable aprendizaje, no solo como escritora o profesora de escritura, también como ser humano que cada día trabaja en gestionarse y sostenerse mejor a sí mismo y a los que le rodean. Cierro el 2022 con agradecimiento, pero también con ilusión por un 2023 de nuevos proyectos y mucha incertidumbre.

Es así, es lo que he elegido. Y no me arrepiento.

Por un 2023 incierto, pero emocionante.

Abrazos lectores

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